“¡Pará, loco! Tranqui que no es la final del mundo”. Seguramente le habrán dicho eso en algún picado a algún compañero o rival, cuando empezaba a meter la pierna de más. O si no la clásica de los DT: “tenés que jugar como si fuese la final del mundo”, para motivarte. Es que en el ambiente del balompié no hay evento ni partido más importante que ese, sea porque se juega cada cuatro años, porque enfrenta a dos países, y por qué no, por lo que recauda la FIFA también.

Lamentablemente por una cuestión de edad no tengo recuerdos de Italia 90. Era un bebé que no pudo disfrutar de los penales de Goyco, de los huevos de Diego para ganarle a Brasil en una pierna, ni la bronca por la final perdida. Ni hablar del 86 en donde ni existía, y me conformé con escuchar a mi papá hablarme de la consagración del rey del fútbol, pintándole la cara a los ingleses y superando al imperio alemán en la final.



Ya más grande me fui interesando por este deporte, y lo veía por tele o en la cancha. Campeonatos locales, Copas Libertadores, Torneos Argentinos, Eliminatorias, Copas América, etcétera. Aún así, siempre me quedé con la espina de ver a la Selección en una final del Mundial. En el 98 por el pique de Bergkamp, en 2002 por el tiro libre de Svensson, en 2006 por los papelitos de Lehmann, y en 2010 humillados por el fútbol total de Alemania.

Sin embargo, apareció un tal Lionel Messi, un guerrero de apellido Mascherano (por favor, si tengo un hijo quiero que tenga la mitad de sus huevos) y un tremendo arquero por el que nadie apostó, salvo el técnico (perdón, Romero). Junto a ellos, un equipo que fue de menor a mayor, ayudado por el fixture también, que nos hizo pensar que es posible volver a una final del mundo a medida que avanzábamos, sufriendo.

Un espejo

Y aquí estamos, a horas de jugar una nueva instancia decisiva. Digo horas porque a pesar de que sean días, quiero que sea ya, no aguanto más. Quiero que llegue el bendito domingo en donde pueda sentir en carne propia los nervios que sintió mi papá esa vez que Maradona le dio el pase a un Burruchaga que se corrió la vida, a lo Ángel Di María. Esos goles de córner de los alemanes por los que Bilardo aún se lamenta. O salir a la calle después para los festejos, y ver que todos estamos contentos, olvidándonos aunque sea por un día de los problemas habituales.

Click en la imágen para sentir la emoción

No les voy a pedir a los jugadores que pongan huevos ni eso. No soy quien para hacerlo, además de que ya lo saben. ¿Qué charla técnica ni que otra cosa puede ser más motivadora de lo que ya es el partido en sí? Igual, dicen que soñar no cuesta nada: les juro que entregaría mi virginidad de atrás con tal de estar en el Maracaná ese día y ser parte del once titular. Juntaría al equipo en medio de la cancha y les diría: “¡metan con todo, muchachos, que esta es una final del mundo!”.

Nota del editor: Este excelente articulo, fue traido a ustedes gracias a Jerencio.

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