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¿¡Qué es de tu vida, Jerencio!?

Hola a todos, soy una ficha. Así es, volví tras más de una semana encerrado en el templo del chamamé. Para los que no lo conocen, me estoy refiriendo al Anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola, en Corrientes, donde se llevó a cabo la vigésima segunda edición de la Fiesta del Chamamé. Si bien casi todos los días fui a trabajar, en una jornada tuve la oportunidad de asistir como espectador, por lo que tengo la posibilidad de describirlo en todos sus aspectos y pormenores. Aprieten el botón que dice “ver nota”, y sumérjanse en un mundo lleno de gauchos, facas, botas, bandoneones, vino, baños químicos y marihuana; al grito de un sapucay que haga despertar a sus vecinos.

“Interesante, pero no voy a leer un carajo a pesar de tu intento de gancho”.

El chamamé es un estilo de música dentro del folclore argentino, que se escucha en el litoral, como Corrientes, Formosa y Chaco. Sin embargo, también es propio de otros países como Paraguay o el sur de Brasil, lo cual le da a la Fiesta el título de festival internacional. Y vaya si lo tiene merecido: centenares de paraguayos, brasileños y hasta europeos fueron partícipes tanto arriba como abajo del escenario, de una fiesta que superó toda expectativa. La polémica surge (como siempre tiene que haber) en el hecho de invitar a artistas que son de otros géneros del folclore, como Soledad o el Chaqueño Palavecino. Claramente es una jugada para atraer público, porque hay que ser sinceros, si fuese solo chamamé, el Anfiteatro no hubiese tenido las 22 mil personas que supo albergar el día que tocó “la Sole”. Lamentablemente (para ver que volví en serio, aquí viene la parte crítica-comunista), el sistema fue degradando nuestra cultura y más específicamente la música, conduciéndola a ritmos estúpidos, monótonos y pegadizos, que estupidizan y homogenizan (todos escuchamos la misma mierda) a la gente. Basta con observar como todos coreaban las canciones del Chaqueño y revoleaban sus ponchos durante casi una hora, mientras el mismo día Salvador Miqueri (el Iorio del chamamé) tocó nada más que cinco temas. El Cuarteto Santa Ana, histórico conjunto chamamecero, interpretó cuatro piezas, y Soledad estuvo gritando por más de 60 minutos sobre el escenario.

"Muchachitos, ¿van a comer algo?”

De todas formas, me sorprendió también el buen comportamiento de la gente. Tener un promedio de casi 10 mil personas por noche, donde el  vino corría como marihuana en un campamento de zurdos, y que no haya ninguna pelea o incidente, la verdad es que es destacable. Y hablando de marihuana, acá viene la segunda crítica relacionada a la anterior: en frente al Anfiteatro hicieron otro escenario donde presentaron el “Chipacity” (?) Quisiera saber a quién se le ocurrió ese nombre porque no tiene nada que ver con la función que tuvo esa mierda. En ese lugar tocaban bandas de ¡Rock! que fusionaban su estilo con algunas cosas del chamamé y otras expresiones que nada que ver. En fin, un curro que agarró un porteño para robar (no sé como siguen robando en Corrientes, si yo pensé que ya no quedaba nada). Más que espíritu chamamecero, en ese lugar se percibía una onda hippie, con todo lo que eso conlleva… “jaja, está hablando del faso” me dirán. Y bueno, tuve que probar si ya estaba ahí. Imagínense lo raro que fue eso, que había un tipo con una remera de Hermética bailando chamamé.
Continuará…

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